CALIFORNIA

El ventilador de aspas del techo no puede parar. Así es el verano en California. Si se cortara la luz en este momento, me mudaría a la bañera, con el agua fría cayendo de forma perpetua. Parezco una muerta en la cama, sin moverme ni un ápice para no generar calor, pero no sé cuánto tiempo podré aguantar así. ¿Por eso los lagartos hacen lo mismo? Estoy con los ojos abiertos fijos, aunque con la mirada vuelta hacia el alma y las manos cruzadas sobre el pecho. Morirse no debe ser para tanto, pienso, tal vez solo una quietud infinita sin sentir ni frío ni calor.


Al cabo de un rato, mi cerebro decide que mis piernas se pongan en marcha para no acabar muerta de aburrimiento, y salgo a la puerta de la habitación. No hay nadie ni entrando ni saliendo del motel, incluso la recepción está cerrada. Son las 15:00h y Rodrigo no está. Las cigarras baten frenéticamente sus alas, haciendo patente que son las reinas de la estación. Miro alrededor con hastío y veo todas las puertas blancas, cerradas a los problemas ajenos. Y yo en el quicio de la mía, con un vestido verde de volantes, tan fino que casi parece tener miedo de rozarse contra mi piel. El cerebro funciona en modo catártico; no sé si puedo quitarme de la cabeza los pensamientos impuros. Me enciendo un cigarrillo cuyo fuego distingo entre las pestañas, algo más de calor que añadir al que emana del asfalto del aparcamiento. La mirada ya completamente perdida en los recuerdos.


Rodrigo. Anoche.


Se materializa en ese momento en el aparcamiento, como si lo hubiera invocado con la mente y con el cuerpo. Se apea de su coche y aparece delante de mí con sus vaqueros desgastados. Hoy no le toca turno en la recepción. Me lanza una mirada directa y oscura, de deseo, y yo me aparto lentamente de la puerta, dejando espacio para que pase y deje su halo de perfume. Lanzo la colilla a la acera como si me desprendiera de algo molesto y entro. Rodrigo me libera de mis demonios durante unas horas, bajo el ventilador. Aunque también añade más pecados a la lista infinita que creamos los humanos desde que tenemos uso de razón. Ahora es el turno de la lujuria. No hay palabras entre nosotros, ¿para qué? Ayer por la tarde ya nos contamos lo que nos pareció justo y necesario para acabar en esta misma habitación, y mañana cogeré la carretera de nuevo. Nos lavamos el uno al otro en la ducha para quitarnos la culpa con el jabón que resbala y se va por el desagüe. Pero entonces me besa, y volvemos a empezar. Pecado, culpa y expiación. Así, hasta las diez de la noche, cuando él tiene que volver a su hogar. Me quedo sola de nuevo, estirada en la cama. Por suerte, a estas horas de la noche puedo abrir la ventana para que corra algo de aire y no asfixiarme con mis pensamientos.


Debo salir de aquí. Me dirijo a pie acompañada del sonido de los animales nocturnos, hacia a un bar que se encuentra a unos trescientos metros del motel. Me tomo una cerveza en la barra y me llevo otra en la mano tapada con la bolsa del papel de la vergüenza. Es triste beber sola, pero aún más estando en un bar en el que cualquiera puede señalarte, como si supieran de tu pasado y de tu presente, como si pudieran adivinar tus acciones futuras y condenarte. Con la cerveza a medias voy mirando las estrellas, de camino al motel. ¡Qué estúpida! Pensar hace dos semanas que este viaje me ayudaría a retomar una relación que ya estaba muerta, cuando la soledad no ha hecho sino despegarme aún más de ella. Me estiro en la cama y me duermo rendida ante la evidencia.


A las siete de la mañana me despierta el ronroneo del ventilador, el amanecer se tiñe azul. Recojo las cuatro cosas que llevo en la maleta y salgo por la puerta con resolución. Veo a Rodrigo que me mira, con los ojos entornados, desde su puesto en la recepción del motel. Ni siquiera le digo adiós. Arranco el coche de vuelta a casa, decidida a acabar con los sinsentidos de una relación consumida, y dejo atrás el remordimiento, que se derrite sobre el asfalto.