LA CAZADORA

La mujer se recogió el pelo azabache en un moño, se puso las pieles, y salió a cazar. La nieve leve caía muy lenta y se posaba perezosa sobre los helechos y la tierra oscura. Por suerte, tan solo empezaba a nevar y aún se distinguían las huellas de varios animales. Los más pequeños, sin embargo, se habían refugiado ya en sus respectivas madrigueras. El silencio del bosque era evidente pues solo se oían los pasos blandos de la mujer. Los ojos entornados se adaptaban a la tenue luz cuando apenas había amanecido y el cielo estaba encapotado. Al cabo del rato de caminar sin ver ninguna posible presa, se paró y miró en derredor. Algo no encajaba. No se trataba del silencio en sí, sino de la quietud. Olfateó el entorno en busca de señales que la ayudaran a descubrir el motivo de esa terca inmovilidad del bosque, cuando un escalofrío le recorrió la espalda.

Alertada por una súbita intuición, decidió volver a la cabaña sin demora. Notó cómo se le erizaba la piel en los antebrazos mientras apretaba el paso. Solo oía de nuevo sus pasos, demasiado lentos por la nieve que empezaba a caer más intensa, y ya cuajaba en el suelo con increíble celeridad. La respiración se contraía en bocanadas cada vez más seguidas, conforme avanzaba en aquel paraje que se tornaba hostil por segundos. Se detuvo un momento para coger la escopeta que llevaba a la espalda y sostenerla como un seguro contra su pecho. Notaba un peligro ya real sobre su piel, el vello de todo su cuerpo se erguía bajo las ropas; algo invisible la acechaba. Había recorrido una distancia considerable en su camino de vuelta a casa, cuando se dio cuenta de lo mucho que se había adentrado en el bosque dormido. El corazón le latía en las sienes. Parecía que alguien la observara y la siguiera, aunque no veía a nadie a su alrededor por más que su mirada lobuna, entrenada para captar cualquier movimiento, estuviera en alerta máxima. La nieve se tornó aún más copiosa cuando el cielo se oscureció, parecía lanzar un mensaje de desesperanza contra la mujer, que con la nieve posándose sobre sus pestañas, le costaba ver ya entre los árboles más cercanos. Si alguien la perseguía seguro que no podría distinguirlo en la espesura del bosque. Afortunadamente, la cabaña ya se encontraba cerca y, calculando el trecho que debía cubrir, echó a correr con todas sus fuerzas. Buscó la llave en la bolsa sin pararse un segundo. Cuatro, tres, dos, un metro. Abrió la puerta con manos temblorosas y se precipitó dentro, dando un portazo tras de sí. Echó el cerrojo como pudo, mientras se apoyaba en el quicio para recuperar el aliento.

Acto seguido, fue a asegurarse de que las ventanas estaban bien cerradas, mientras observaba cautelosa a través de los cristales, por si veía a su supuesto perseguidor. No obstante, el bosque parecía sereno, ahora ya completamente cubierto por el manto blanco.

Con la respiración estable de nuevo, echó un último vistazo al paisaje, aliviada. El escenario le había jugado una mala pasada. Se le escapó una risa nerviosa. Seguro que cuando dejara de nevar todo se vería de otra manera.

Ya era media tarde cuando se acomodó en el sillón y se quedó dormida al calor del fuego del hogar. La tensión de la mañana la había dejado exhausta. La sobresaltó entonces el repiqueteo de una contraventana que el viento mecía, y vio que se había hecho de noche. Se levantó a cerrarla cuando en el reloj de cuco estaban dando las diez. ¿Cómo había podido dormir tanto y perder así la noción del tiempo? Sumida en sus pensamientos fue a refrescarse la cara para espabilar un poco. En el viejo espejo vislumbró las primeras arrugas sobre su piel de nieve, que destacaba con el negro de su cabello y el rojo los labios; el tiempo pasaba inexorable también para ella. Ensimismada con su reflejo, se alarmó cuando alguien tocó con suavidad en la puerta tres veces. Se quedó mirándola extrañada, como si no creyera lo que había oído. Nadie se había acercado a la cabaña en años. Y ahora alguien llamaba a la puerta en plena noche. Volvieron a golpearla, esta vez con energía. Su inquietud se acrecentó, así que cogió la escopeta con cautela.

—¿Quién va? —preguntó, sin titubeos.

Al acercarse a la puerta, oyó que alguien contestaba con una voz débil y amortiguada. Abrió lentamente, dejando solo un resquicio para poder ver quién estaba al otro lado, en la oscuridad. Se trataba de una pobre anciana encorvada, con sus ropas raídas, cubiertas de blanco. La nieve la había cogido desprevenida mientras volvía a su casa, le contó con la voz desgastada. Solo pedía un poco de cobijo para la noche, por la mañana se marcharía.

La cazadora, conmovida, la hizo pasar, haciendo caso omiso a su intuición, porque el corazón siempre le pesaba más. Y la anciana, con la mirada encendida de puro regocijo, le agradeció el gesto ofreciéndole, a cambio, una manzana roja.