LA MECANÓGRAFA

  Sobrevivir en tiempos de guerra es un acto de fe, porque llega un punto en que no queda nada más que encomendarse a Dios.

   Desde primera hora de la mañana, Hildegard no dejaba de teclear mecánicamente en la Orga Modelo 2 que le habían traído apenas hacía una semana, recién salida de fábrica. Como detalle, había una tecla extra con el símbolo de la SS justo al lado del número 9, que no podía dejar de mirar cada vez que debía teclear números. Por suerte para ella, en su trabajo no tenía la necesidad de pulsar aquella tecla, nunca. No obstante, su tarea tampoco era agradable. Como funcionaria del estado, trabajaba en Stuttgart de mecanógrafa para la Oficina Central de Seguridad del Reich, en la sección AMT IV, la por entonces temida Gestapo. Se dedicaba día tras día a registrar los datos completos de todos los judíos detenidos, por cuestión de prevención para la seguridad del estado.

   Llegó a aquel puesto por estar en el lugar equivocado en el momento menos apropiado. El azar quiso que la invitaran a una cena a la que estuvo a punto de no asistir, pues las ganas de celebración se le habían acabado hacía tiempo. A pesar de ello, cedió en el último momento por puro convencionalismo social. De vez en cuando tenía que hacer acto de presencia en alguno de aquellos eventos, para demostrar que las cosas iban bien. Apareció como invitado sorpresa el Gruppenführer Heinrich Müller, al que tuvo el disgusto de conocer en persona. Y el apellido Bauer de su familia, que le abría las puertas a ocasiones como aquella, se encargó del resto. De un día para el otro, de forma literal, había pasado de trabajar para el director de una pequeña empresa de telas, al lugar más escalofriante de toda la ciudad.

   Todo su círculo la había admirado por su buena fortuna, ascendida de esa manera, con tan solo veintiún años, cuando ella no podía más que sentir el lastre de la culpabilidad. A diario, miraba con pena a los ojos de cada hombre o mujer que aparecía en aquellas fotografías, con la estrella cosida en la chaqueta, el abrigo, o cualquier prenda exterior. Se guardaba mucho de opinar acerca de lo surrealista que le parecía la situación, de lo absurdo de una guerra que no hacía más que traer devastación. Por desgracia, el pueblo estaba cegado con las ansias de un futuro prometido que pasaba por un infierno de muertes, fuesen de quienes fuesen. Así que Hildegard callaba y trabajaba, un día y otro, y otro. Mantenía las mismas conversaciones mecánicas, al igual que pulsaba aquellas teclas malditas; por costumbre. Su mente se disociaba para poder sobrevivir. A veces, se imaginaba estar en otro lugar, en otro tiempo, para no volverse completamente loca.

   La mañana del tres de septiembre de 1940 empezó como cualquier otra jornada en la oficina. A primera hora, unos soldados le trajeron un grupo de judíos que llevaban en la mano su documentación junto con la fotografía. Se daban aire con esos papeles, para intentar aliviar no solo el calor opresivo del ambiente, sino la carga de un futuro de oscuridad. Todos acabarían en un campo de trabajo, si la suerte los acompañaba. Si no era tan benévola, se irían directos a un campo de concentración y allí a nadie se le informaba de lo que pasaba, pero todo el mundo se imaginaba lo que ocurría. En voz baja, se rumoreaba sobre la finalidad de algunos campos de concentración de máxima seguridad, aunque era mucho más fácil no pensar en ello, no hablar de ello y, sobre todo, no echar a volar la imaginación. Si no se nombraba a la muerte, entonces no existía.

   Hildegard dispuso el papel en la máquina de escribir para empezar la jornada. Después miró la hilera de personas e hizo un cálculo rápido de cuántas almas en pena se encontraban allí, unas sesenta. De pronto, se le cortó la respiración cuando vio a Solomon Schlink, era el 48 de la fila, ella lo sabía. Precisamente, gracias a él, era muy rápida en cálculo mental. El hombre delgado de piel cetrina al que observaba en ese momento, poco tenía que ver con el profesor de matemáticas que le había dado clases cuando era una niña de trenzas rubias. Parecía que había pasado un siglo.

   Sin más dilación, tuvo que empezar a registrar a cada una de aquellas personas a las que intentaba no mirar directamente a los ojos, hoy más que nunca. Porque cuando llegara su querido profesor hasta ella, estaba segura de que no lo podría soportar y se echaría a llorar, porque recordaba lo bien que se había portado siempre con sus alumnos, lo mucho que le enseñó en su día, y el aprecio que le tuvo. Así que, intentaba mantener una actitud fría y distante, mientras su alma se destrozaba en cada pulsación de aquellas teclas funestas.

   Mientras sus manos hacían el trabajo automático, la mente de Hildegard no dejaba de pensar en el destino de Solomon. Seguramente lo destinarían al campo de Flossenbürg, el más cercano. Al haber sido profesor y además de matemáticas, valorarían sus aptitudes, estaba segura, y no lo someterían a los mismos trabajos forzosos que al resto. No dejaba de repetirse esto en la cabeza, a pesar de que la vocecita interior le susurraba que se estaba autoengañando. Sabía dónde podía acabar. Bastó el pensamiento fugaz de su desaparición para que sus pensamientos tomaran otro rumbo. Una idea se abrió paso en su mente.

   Los únicos judíos que hasta el momento no habían sido detenidos eran los músicos. Estaban muy bien considerados. Los miembros de las altas esferas los empleaban en distintos eventos para su entretenimiento. Por lo menos podía salvarlo de la detención temporal. Era el primer paso en su plan.

   Cuando el profesor Schlink llegó a la mesa de Hildegard su mirada se iluminó ante el reconocimiento.

   —Srta. Bauer, me alegro de verla.

   —Profesor Schlink, ¿me ha reconocido? ¿Cómo es posible?

   —Oh, los ojos nunca engañan.

   Era cierto que, a pesar de que él parecía tener los de un anciano, a pesar de contar con unos cuarenta y largos, en cuanto la ilusión asomó, se tornaron más jóvenes de pronto. El hombre le dio los papeles y la muchacha empezó a teclear sin dilación. Al cabo de unos minutos dijo en voz en alta:

   —Sr. Schlink, debido a su carrera en calidad de pianista, queda exento de la detención preventiva. Le hago entrega de un justificante que le permite la libertad de movimientos por la ciudad.

   Solomon Schlink se quedó sin palabras, no hacía más que dirigir su mirada de los ojos de Hildegard a su mano con los documentos. Cuando pudo reaccionar, con la amenaza de que las lágrimas se desbordaran, recogió los papeles, no sin antes acoger la mano de la muchacha entre las suyas y pronunciar un efusivo “gracias”, aunque no alcanzó a decir nada más. Enseguida las retiró antes de que nadie pudiese ver el gesto.

   —Lea atentamente los documentos, es importante que tenga en cuenta lo que esta autorización le permite y no le permite hacer.

   Hildegard intentaba mostrarse mecánica, aunque la emoción la delataba en lo apresurado de su discurso. El profesor, al notar algo extraño, miró lo que le había entregado y se percató de que entre la documentación había un papel doblado.

   —Por favor, hágalo fuera de la oficina, ya que debemos seguir con el registro, y no puede permanecer aquí.

   El profesor entendió a la primera y se dirigió hacia la salida.

   Pasaron tres días y llegó el viernes. Cuando la muchacha acabó la jornada, se dirigió a su casa como cada día, con la diferencia de que ese viernes en concreto estaba invitada a una de esas cenas de invitados varios que parecen no tener nada en común más que un apellido aceptable. Cogió unos paquetes y se dirigió en taxi a la parte norte de la ciudad. Despidió al taxista a unas calles del límite con el gueto judío y caminó hasta el parque.

   Eran las siete de la tarde y el sol del atardecer parecía querer resistirse a languidecer por el horizonte. Quedaba aún una hora hasta la puesta, pero no todo podía ser perfecto. Justo cuando empezaba a morderse las uñas, apareció el profesor Schlink con una pequeña maleta. Se dirigió a ella con paso ligero. Parecía una persona totalmente distinta al pobre hombre de mirada vacía que esperaba en la cola de la condena.

   —Profesor, me alegro de que leyera la nota y decidiera venir. No estaba segura de si podría, no conocía nada de su situación.

   —Srta. Bauer, por suerte o desgracia para mí, he sido siempre una persona muy solitaria. Así que no debo tener ningún remordimiento porque no dejo nada atrás.

   Las palabras del profesor conmovieron a la muchacha que le tendió uno de los paquetes.

   —Aquí tiene la ropa, cámbiese y deme la suya, rápido. Me desharé de ella. Verá que la estrella está cosida con unos pespuntes muy débiles, para poder quitársela después.

   El hombre asintió complacido y se escondió tras unos árboles para cambiarse. Ahora parecía alguien más respetable, digno de asistir a una cena formal. Después, Hildegard ocultó las ropas viejas bajo un montón de basura. Cuando se reunieron de nuevo se encaminaron hacia el sur y, a cierta distancia del gueto, pidieron otro taxi.

   Profesor y alumna se subieron al vehículo con el alma en un puño. Apenas cruzaron unas cuantas palabras, tan solo se cogieron de la mano sin ni siquiera mirarse, en un gesto de antigua añoranza, de apoyo y comprensión mutua por lo que estaban llevando a cabo.

Se deslizaron por las calles de la ciudad hasta llegar al control del límite sur de Stuttgart.

   Un soldado los paró delante mientras otro se quedaba a un lado, al lado de la barrera, con el fusil. El taxi se detuvo y el soldado pidió los papeles a sus tres ocupantes. Después interrogó a los pasajeros.

   —¿A dónde se dirigen? —preguntó con desidia.

   Hildegard pensó que tal vez, o estaba acabando un turno o acababa de empezarlo. Tal vez querría despacharlos rápidamente. Se sintió esperanzada.

   —Buenas noches, estoy invitada a la cena que dan esta noche los Schwarz en su casa. Y este es mi acompañante, el Sr. Schlink, que es pianista profesional y va a tocar en la misma fiesta.

   —Pero él no tiene invitación —constató el soldado con cierta sospecha en la mirada.

   —Es cierto, pero como puede ver en la invitación puedo ir con un acompañante. Y es una sorpresa para los anfitriones —acabó diciendo de más Hildegard, con nerviosismo.

   El hombre miró la invitación, luego repasó los papeles y, a continuación, examinó a cada uno de los pasajeros. Hildegard y el profesor apenas respiraban. Pareció que pasaba una eternidad hasta que el hombre movió los labios.

   —Usted —le dijo el soldado al Sr. Schlink, señalándolo—. Lleva la estrella mal cosida, procure arreglarla si no quiere tener problemas.

   —Por supuesto, en cuanto llegue a casa la coseré. Muchas gracias.

   —De acuerdo. Pueden pasar.

   Y el soldado hizo ademán al otro para que se abriese la barrera. Hildegard sintió cómo las piernas se le aflojaban mientras miraba de reojo al profesor que mantenía los ojos cerrados.

   Cuando estaban a punto de llegar a la casa, que se ubicaba en pleno campo, Hildegard despidió al taxista, no sin cierto temor, aduciendo que deseaban dar un último paseo hasta la entrada. Y se cogió del brazo del Sr. Schlink en un gesto romántico. El taxista pareció creerse lo que aquello implicaba, a pesar de la diferencia de edad y se fue sin más preguntas.

   La muchacha y el profesor se desviaron por el campo y se ocultaron en una zona que parecía más boscosa. El hombre enseguida se quitó la estrella.

   —Tenga Sr. Schlink, esto es una muda, algo de comer, y un poco de dinero. Sé que no es mucho, pero espero que le ayuden. ¿Tiene el mapa?

   —Sí, lo pude conseguir a través de un amigo. Hildegard, cómo puedo agradecerte todo lo que estás haciendo.

   El hombre la miraba con las lágrimas, ya sin control, resbalándole por sus mejillas.

   —No, no diga eso, por favor. Ojalá pueda llegar a Suiza. Haga todo lo posible por sobrevivir.

   —Y qué menos podría hacer después de lo que tú estás arriesgando. Cuídate mucho.

   Se abrazaron con emoción y dolor. El calor apenas duró un segundo para cuando la despedida llegó con su aire gélido. No podían esperar más. El crepúsculo tocaba a su fin para dar paso a una noche larga de luna llena que cobijaría al fugitivo.

   Con una última mirada esperanzada, cada cual emprendió su camino. Hildegard se giró una sola vez para ver la figura recortada del hombre contra la última luz del atardecer, antes de dirigirse hacia otra cena de apariencias. Se ajustó el abrigo al notar un viento frío que anunciaba la llegada cercana del otoño y se quedó mirándolo mientras se alejaba. Por fin, se permitió llorar todo lo que había aguantado desde que lo vio en su oficina. Y por fin, sintió que la esperanza se abría camino por una pequeña rendija de su alma.