LAS CAMPANAS

Las campanas de la iglesia tocaban a muerto. Pero el verdadero no se encontraba dentro del ataúd; la muerta estaba de cuerpo presente, valorando la posibilidad de quemar la casa de arriba abajo. En un arrebato menos violento opté por coger y empezar a estrellar contra el suelo uno por uno todos los platos que tenía. Desde niña, me preguntaba qué se sentiría al hacerlo, y ahí estaba yo, en mitad de la cocina, desahogándome. Uno por las penas, otro por la ira, otro por la maldad en el mundo. El último, porque sí.

Al acabar, grité con toda la rabia que fui capaz de sacar hasta que se me saltaron las lágrimas del esfuerzo, con la cara encendida. Me ahogué y tosí, vomité tan solo saliva. Y después, respiré. Creí haber conjurado un exorcismo y haber ahuyentado a los fantasmas que me perseguían. Supe entonces que la injusticia era solo un punto de vista.

Con el alma descompuesta, me vi las manos tejidas de las arrugas del tiempo, que se me antojaron mucho más viejas de lo que parecían ayer. Dejé los escombros esparcidos por el suelo de la cocina, salí a la puerta de la casa y me senté agotada en una silla de madera y cáñamo, desvencijada. Respiraba con dificultad. Me hallaba a solas con el mundo, mirando de frente al sol del verano que se adormecía sobre las colinas. De fuego era el cielo que prometía muerte. La gente diría que había un motivo para justificar mi locura. Cuando en realidad, la violencia que no me atrevía a ejercer contra otro ser humano la pagaba ahora con las cosas inanimadas, que no podían quejarse. Pero el karma es el karma y al mirarme de nuevo aquellas manos de vieja, vi un pequeño corte con sangre en la palma derecha. Hasta los platos se me habían rebelado a su forma, ellos también ansiaban justicia.

Como una señal divina, me levanté de un salto y fui resuelta hasta el dormitorio, a vestirme de negro. Saqué mi mantilla heredada, la que casi pensé en vender, y me la puse cubriéndome la cara. Me eché a la calle sin lágrimas, con los pies pesados de pena, enfundada en un vestido viejo, que nunca me había puesto. Me dirigí hacia el destino. El aire sofocante de agosto me azotaba cruel, ensañándose. Abrí la puerta de la iglesia y corrí hasta el ataúd, sabiendo que sería la última vez que lo vería. Me arrodillé con dolor en las frías losas y apoyé las manos abiertas como ramas de vid, arañando la madera con ansia, sollozando con la frente apoyada en la tapa, cuando acudieron a mi memoria aquellos versos satíricos: “qué bonito es un entierro…con su cajita de pino y su muertecito dentro”.

Terminó la misa y se llevaron la cajita entre susurros y desesperos. El séquito se dirigió al camposanto, y yo iba detrás, asfixiada, destrozada, con la herida en la mano que no dejaba de sangrar, igual que mi corazón. Las campanas redoblaron por última vez como una sentencia: el cielo para los muertos, el infierno para los vivos. Prácticamente no había luz con las últimas paladas que echó el enterrador. Miré a las plañideras que no tenían derecho a llorar lo que no sentían, ellas no habían perdido nada, mientras que yo sentía el alma cubrirse con la tierra de la tumba. Era mío y solo mío.

Me quité los zapatos y me tumbé en la tierra yerma. El cura quiso levantarme, ¿para qué? ¡Yo ya estoy muerta! Más que el cadáver del hombre que amé, que ni siquiera se había enfriado aún, más que la luna que aparecería en breve. Todo el mundo se acabó marchando con las últimas luces del crepúsculo y el graznido de un cuervo. Y yo me quedé desierta, sin sonrisa ni alegría, sin amor por el que se fue.