UN CUENTO DE OTOÑO

Érase una vez, en una aldea muy muy remota, vivía una mujer bella y solitaria en su cabaña de cuento. Construida en lo más profundo del bosque, la pequeña casucha se mimetizaba con el entorno, pues las piedras de las paredes tenían tanto moho, que aquella tan solo se distinguía entre el follaje espeso cuando su dueña encendía el fuego del hogar, y el humo salía a bocanadas por la chimenea ennegrecida.

Un día por la mañana, la mujer salió con una cesta bajo el brazo en busca de ingredientes para su alimento y sus ungüentos. Conforme recorría el bosque a paso tranquilo, saludaba a los árboles vetustos posando sus manos pálidas y tibias en las cortezas. Por un momento, parecía que esos gigantes respiraban y se estremecían ante el contacto delicado de la moradora de los bosques.

Bajo unos helechos abrazados entre sí, la mujer atisbó unas setas. Se arrodilló en el suelo y con toda humildad dio gracias a la tierra por lo que le proveía día a día, antes de arrancar aquellos pequeños paraguas amarronados. Era la época, pensaba. Otra estación se deslizaba de nuevo, con los primeros fríos rozándole la piel. Otro ciclo de muerte y vida volvía a extenderse en la naturaleza.

Conforme llenaba la cesta de hierbas, tubérculos y setas, fue guiándose por el sonido del agua fresca que bajaba por la montaña. Seguía el curso del río, llenándose del aroma de agua limpia, hasta llegar a un lago tan inmenso como su amor por aquellos parajes. La extensión de agua en calma provocaba no obstante cierta desazón. No solo era aquel lago inabarcable a la vista, sino que sus aguas permanecían siempre negras, aunque el sol las bañara directamente con sus rayos. Nadie sabía cuán profundo era y muy pocos se atrevían a aventurarse a observarlo en sus orillas, pues las leyendas del lugar advertían de que era un lugar encantado. Si alguien se atrevía a mirarse en sus aguas siquiera, le engullirían para siempre.

La mujer, cuyo pelo oscuro estaba salpicado de flores y hojas, observó el gran lago en silencio. Dejó su cesta en el suelo y recitó unas oraciones con los brazos alzados, como si quisiera abarcar el principio y el fin de aquel bosque, o la profundidad de las aguas del lago insondable. Se acercó a la orilla y se arrodilló igual que había hecho junto a los helechos.

Se arremangó el vestido de lana, del mismo color que las hojas de fuego que se iban desprendiendo de los árboles, y recogió un poco de agua con sus manos, llevándosela a los labios en un acto de veneración. El agua sagrada. Negada para el resto de humanos que no se la merecían. Sonrió para sus adentros. Jamás tocarían aquellas aguas mientras ella viviera; protegería el bosque y a sus habitantes con todas las armas de las que dispusiera, incluyendo las mentiras y las leyendas, hasta el día de su muerte. Y esta tardaría mucho en llegar.

Después de beber, se inclinó sobre el agua en calma y observó su reflejo. Había transcurrido un año de nuevo, casi sin darse cuenta. Para ella el tiempo transcurría entre las estaciones, pero no era consciente de en qué año se encontraba. Allí en el bosque, las edades se medían en los anillos de los árboles. Y ella hacía mucho tiempo que había perdido la cuenta de sus años. Al mirarse de nuevo, vio las primeras arrugas en su rostro, en el cuello. Se abrió el vestido y allí estaban de nuevo las manchas en la piel. Con toda la tranquilidad, recogió la cesta y volvió a su cabaña.

Llegó al poco un veintiocho de octubre. No necesitaba un calendario para saberlo. En cuanto vio su reflejo en el cristal de la ventana fue plenamente consciente; por si no se hubiera percatado antes con todas las señales que el entorno le ofrecía. Abrió el armario y sacó la ropa que llevaba allí desde hacía casi doce meses, sin tocar. Se la puso, y comprobó con aversión que le ajustaba perfecta. La camisa le iba algo ajustada del talle, pero tan solo porque en el último mes había engordado un poco. La falda roja de campana, algo raída, aún podía aguantar unos años más. Y los zuecos tan hermosos, tallados por un maestro artesano, estaban también desgastados de los miles de pasos caminados anteriormente, si bien se adaptaban con comodidad a sus pequeños pies. Por último, cogió el chal de lana, la cesta grande de mimbre y cerró tras de sí la puerta de su morada.

Como un ritual de cada año, desempolvó una destartalada carreta y se encaminó hacia el lugar secreto donde los plácidos castaños la esperaban ya desnudos, con la mayoría de frutos esparcidos por la tierra, en una alfombra extensa. Era su forma de darles las gracias por su amor incondicional. Y la mujer, se arrodilló con esfuerzo una vez más, para recoger las magníficas castañas que atraerían la atención de todos. Eran perfectas y deslumbrantes. Las manos que las iban sacando de sus erizos y colocando en el cesto se habían tornado apergaminadas, pero obvió esta visión fatal, como el ser consciente de lo que había menguado, de la espalda encorvada al caminar.

Cuando emprendió la marcha, la carreta con todos los utensilios para asar castañas le pesaba como la propia vida. Anduvo por los caminos, mientras hacía un esfuerzo por recordar la ruta que debía andar ese año, para llegar al pueblo escogido. Esta vez, el viaje le costaría cuatro días enteros de sacrificio. Dos de ida y dos de vuelta. Pero la travesía merecía la pena, siempre lo hacía.

Por fin llegó a la primera aldea. Los habitantes del lugar estaban impacientes y alterados, esperando la llegada de la mujer que ya no era tan bella. Al verla bajar por el camino, los niños empezaron a gritar:

—¡La castañera! ¡La castañera!

—¡Ya llega la vieja castañera!

Y la castañera se colocaba en mitad de la plaza. Descargaba todos los útiles y hacía los preparativos para asar las preciosas castañas, que eran objeto de deseo. En cuanto disponía el anafre, el fuelle y empezaba a arder el carbón, los pequeños se acercaban para observar embelesados la ceremonia. Mientras, los padres esperaban anhelantes, espiando detrás de los visillos, o ya con las puertas abiertas para que, en cuanto el aroma de las castañas invadiera sus casas, salir a comprarlas.

Era todo un espectáculo. Los pequeños se asombraban de la pericia de aquella mujer menguada de manos arrugadas pero ágiles, que les ofrecía el fruto delicioso y prohibido. Nadie sabía de dónde venía la vieja, ni dónde conseguía las castañas y, por ello, siempre esperaban año tras año, a que apareciera como un pequeño milagro. De improviso, un año ya no aparecía, dejando a todos desilusionados. Lloraban la pérdida de la castañera, temerosos de no volver a probar el fruto prohibido. Pasaban las estaciones y, de pronto, el octubre menos pensado, aparecía por el horizonte otra vieja que llenaba de renovada esperanza sus corazones.

Aquel año, todos los pueblos de la zona estaban siendo bendecidos por la visita de la mujer mágica. Llegaba, se quedaba unas horas y proseguía su marcha hacia otra aldea. Repartía alegría, todos la adoraban con fervor, y la despedían con la mirada ardiente y febril de los adoradores, albergando la ilusión en sus corazones de volver a verla al año siguiente.

 El día treinta y uno al caer el crepúsculo llegó a su destino final. Esa noche se celebraba el final de la cosecha, el inicio de la estación oscura. Todos los habitantes de aquel pueblo enclavado en un valle, que se hallaba más apartado de los caminos que cualquiera de los anteriores, empezaban los festejos.

La llegada de la castañera fue el momento dorado de aquella celebración en la que todas las personas mayores salían a la calle, encendían fuegos, asaban carne, bebían cerveza y comían calabaza y boniatos todos juntos en hermandad. Mientras los pequeños aguardaban dormidos en las casas, o eso creían los padres. La vieja completaba el festín con sus deliciosas castañas asadas. Era un momento de satisfacción plena. Después, amenizaban la velada con música de violines o de flautas, para que la gente bailara y se desinhibiera, olvidando así sus problemas, experimentando la felicidad fugaz. 

La mujer observaba el brillo en los ojos de todos desde un segundo plano. Y se marchaba siempre antes de que acabara la celebración, cuando todo el mundo se había olvidado ya de ella, o casi. Porque los pequeños siempre esperaban en las puertas de sus casas, mientras sus padres estaban fuera, a que la castañera les diera los últimos tesoros que le quedaban, especialmente para ellos, los más inocentes, los que más se merecían la alegría. Era una promesa que siempre cumplía.

Fue recorriendo casa por casa, entregando el regalo hasta que le quedaron las últimas castañas. Miró la puerta oscura y tocó suavemente con los nudillos. El pequeño abrió de golpe con todo el entusiasmo del que sabe lo que le espera y extendió las manos. La mujer sonrió enigmática.

—Jovencito, si me ayudas a empujar el carro hasta la cima de la colina, te daré más castañas que a los demás, las últimas.

El niño, que era tan alto que casi podía mirar a la mujer a los ojos directamente, no se lo pensó dos veces.

—¡Claro!

Y allá fueron ambos colina arriba, dejando el pueblo atrás con las últimas luces de las fogatas. Poco les quedaría ya de celebración a los habitantes del valle, pues se acercaban las doce y debían volver a sus casas, echar los postigos, y meterse en la cama, bien tapados, a escuchar el silbido del viento que arrastraba el lamento de los muertos.

A la hora prohibida, la vieja iluminada por la luna llena, empujaba el carro más pesado que nunca, con el cuerpo que pronto empezaría a enfriarse. Sudaba por el esfuerzo aún con el frío que la envolvía, mientras se repetía que merecía la pena. Volvería a ser joven durante un año más. Volvería a ser la guardiana de los bosques. El sacrificio era pues, inevitable.

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