La mayoría de los primeros momentos en los que hemos decidido escribir algo, esbozar cualquier frase, o verso, es porque ha habido un detonante previo, como puede ser una canción, una película, o una emoción intensa provocada por una situación, algo impactante, como la pérdida de alguien o algo importante en tu vida. Normalmente, no es el aburrimiento lo que nos lleva a escribir en ese primer momento, sino la emoción que nos remueve, impulsándonos a expresarnos de esa forma que luego se transformará con el tiempo.
Esa emoción es intensa, pero no tiene que ser por fuerza, “buena” o “sana” ( y pongo comillas porque hay mucha subjetividad en esos términos). La creatividad que nace de dentro, no es terreno de la mente, sino del alma. Y el alma se expresa a través de la emoción. Por eso viene el primer impulso de crear, no porque lo hayamos racionalizado, sino porque nos sacude de tal manera que no podemos hacer otra cosa más que volcarnos en una página en blanco.
Por lo que esas emociones intensas se tiñen de todos los colores: desde el sinvivir del enamoramiento más profundo, pasando por la tristeza infinita o la rabia que te quema hasta la garganta. Todas pugnan por salir y nuestro deber es sacarlas a la luz. En primer lugar, porque escribir sobre ellas es terapéutico. Siempre se habla de extraer esas emociones para que no queden reprimidas y te hagan descender a los infiernos, a la noche más oscura del alma. Escribir, libera. Abres una puerta y las canalizas sobre el papel. De hecho, existe en sí la escritura terapéutica.
En segundo lugar, al darle voz y poner foco en esas emociones, conforme las escribimos, también vamos extrayendo la esencia de los pensamientos que hay de trasfondo. No es sólo sentirlas, sino también pensarlas, ¿por qué me provocan lo que me provocan? Al observarlas desde la mente, las relativizamos e incluso podemos ver caras del prisma complejo que antes se nos escapaban, conseguir llegar al origen. Las sentimos, las racionalizamos y las relatamos, diseccionándolas una por una.
En tercer lugar, es nuestro deber sacar a la luz esas emociones porque es la única manera de empatizar con nuestro lector. La honestidad de nuestra mirada hacia nosotras mismas es la autenticidad que necesitamos para compartir esa emoción con el otro.
Tal vez nuestro lector acabe interpretando ese dolor, alegría o miedo desde su propia perspectiva, muy diferente a la nuestra. Pero sabrá reconocer esa emoción desde el inicio, y luego la hará suya.
Como sabes, cuando acabas una obra, en el momento de ese punto y final deja ya de pertenecerte para adjudicársela al lector que ponga sus ojos y su corazón sobre ella.
No debes estar bien para poder escribir. Lo que debes es estar emocionalmente en ti, dirigir la mirada hacia tu interior sin miedos ni prejuicios, liberar la alegría y las sombras. Toda emoción es válida para escribir sobre ella; está en tu mano el querer hacerlo.
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