Aquí, mi compañera escritora, nos encontramos ante uno de los fenómenos psicológicos más extendidos de toda la comunidad artística. De los escritores, más. Y si eres mujer o formas parte de una minoría, ni qué decir tiene.
Precisamente, como escritoras nos hemos tenido que enfrentar a lo largo de la historia de la literatura a un vacío que no se debe en absoluto a la falta de talento, o de ganas. ¿Cuántas firmaban de forma anónima y cuántas con un pseudónimo masculino?
Pero no hace falta más que echar un rápido vistazo a los “grandes clásicos” para notar una ausencia importante no sólo de autoras, sino de autores de distintas partes de nuestro globo terráqueo. Los clásicos se componen básicamente de hombres blancos europeos o estadounidenses, como una concesión a las Américas.
Por fortuna, el panorama literario está cambiando; una de las cosas buenas que ha traído consigo la globalización. Internet, las redes sociales, el libro electrónico y la autopublicación nos dan acceso a un sinfín variado de obras a tan sólo un click de distancia.
Todas estas posibilidades que podrían traducirse en visibilidad como un factor beneficioso, también juega en contra de nuestra autoestima. La escritora que se expone sufre en algún punto de su carrera este síndrome de forma casi inevitable, aun cuando los resultados sean satisfactorios.
Es normal dudar al principio de nuestro talento como escritoras. Los primeros pasos siempre son inseguros; estamos aprendiendo, estamos adentrándonos en este mundo fascinante y nos abruma la cantidad de escritores reconocidos. No tenemos la experiencia, puede que tampoco la formación que otros han tenido y sentimos automáticamente que no nos corresponde un sitio en el Olimpo de los escritores.
Luego, tal vez en algún punto, se nos empiece a valorar. Ya tenemos alguna obra acabada, nuestros seres queridos la han leído y les gusta, también un editor, o los lectores si autopublicamos. Puede que la primera publicación tenga una repercusión positiva, buenas críticas, etc. Y entonces sentimos que no nos merecemos todo lo que nos llega porque sólo hemos publicado (que no escrito) una obra. Aquí nos asalta el miedo a no poder crear otra, ni de lejos, con la misma calidad. ¿O tal vez esa calidad no era tal y todo el mundo nos estaba mintiendo para hacernos felices?
De nuevo, no nos sentimos merecedoras de fortuna. Y puede que ya lleves unos cuantos libros publicados, que realmente sí les gustas a tus lectores. Aun así, la vocecita sigue su cantinela: hay otros escritores que publican más y mejor, tu suerte se acabará en algún momento porque (tenlo claro para tu ego) todo es cuestión de suerte, tu trabajo se basa en la venida de las musas, etcétera, etcétera y más etcétera cansina, para acabar pensando que eres un fraude.
Llegados a este punto me dirás: Asun, pero si es algo que nos va a asaltar en cualquier momento, ¿es posible enfrentarlo? Pues claro que sí. Cierto es que no podemos hacer desaparecer nuestro ego, pero sí que podemos trabajar para mantenerlo a raya.
Nuestro ego se nutre de nuestros miedos e inseguridades. Así que, el antídoto pasa por fortalecer tu confianza y tu autoestima. Trabajar cada día para ir afianzándote en tu propia valía como persona, no sólo como escritora, con pensamiento positivo, celebrando cada logro y tomando acción por cada miedo que nos asalte.
Esta es una carrera de fondo que se gana a base de poner un granito de arena a diario sobre tu autoestima. Escribir es importante, pero más lo es cuidarte desde el primer momento.
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