Julio o agosto parecen ser los únicos meses en los que nos permitimos parar de nuestra rutina de forma y que eso no nos haga sentirnos culpables a nuestros ojos o a los de los demás. El descanso del guerrero. Y también se nos permite hablar de ese parón tan necesario. Así que las redes y los blogs se llenan de personas que rellenan el hueco de la productividad intentando dar un poco de paz. Yo se lo agradezco profundamente.
Y es que, en escritura, verás a muchísima gente hablando de productividad a lo largo del año. Los meses deben estar llenos de palabras que demuestren que sí valemos para ser escritoras. Las dos mil palabras al día lo ponen en evidencia, por supuesto. Y todos nos volcamos en encontrar el mejor método productivo.
Pero ¿quién nos enseña a descansar? Parar es fácil dirás, sólo debes dejar de poner el despertador y relajarte. Sin embargo, no siempre es así. El ritmo de todo el año se impone incluso en nuestras vacaciones. Porque cuando decidimos «parar», sigue existiendo una vocecita interna que nos dice que hacerlo de forma completa es una manera de «perder» el tiempo. Parar es perder, y abocerremos perder. Por lo tanto, muchas somos incapaces de detenernos por completo. Siempre hay algo que hacer.
La rutina del año la sustituimos por otra en vacaciones, pero que también nos ofrezca la sensación de productividad. Cambiamos trabajo en la oficina, por arreglos en casa. O las mil y una tareas por cursillos de verano, excursiones diarias, o incluso viajes que nos tengan durante muchos días ocupadas. Que eso no significa que no debamos hacer absolutamente nada durante un mes (¿o tal vez, sí?).
Al ponernos de nuevo en marcha tras las vacaciones, sentimos que hemos aprovechado el tiempo, nos invade la placentera sensación de que, de nuevo, hemos sido productivas. Podemos comentar con los compañeros lo mucho que nos han cundido. Y eso es una droga para nuestra mente. Pero no para nuestro cuerpo, y mucho menos para nuestra creatividad.
La creatividad nos demanda aburrirnos. Nos pide dejarnos llevar por lo que nos apetezca a un ritmo que el calor impone en muchas ocasiones, como pasear a última hora de la tarde por una pineda en la que oigamos a los árboles crujir por la brisa. En japonés, a ese sonido de la brisa entre los pinos se le llama matsukaze.
Para poder liberar nuestra creatividad, debemos parar y descansar el cuerpo, la mente y el alma. Y eso se consigue liberando parte de nuestro tiempo, dedicando horas, tal vez días, al descanso activo con largos paseos, como al descanso pasivo, como invertir en sueño de calidad.
La inversión de tiempo en el dolce far niente es proporcional y exponencial al beneficio creativo tan necesario para nuestra escritura. Porque quedarnos quietos durante unos días significa dar espacio y voz a todos aquellos pensamientos y sentimientos que se quedan agazapados durante el resto del año, por culpa de una rutina que nos asfixia.
Liberar para expresar, detenernos para escuchar. La escucha interna es un ejercicio que deberíamos practicar a diario para guiarnos en el camino de la escritura. Es la única forma de permitirnos sacar a la luz todo aquello que pugna por salir, incluso cuando nos creemos tranquilas. Y es la mejor manera de dar rienda suelta a las mil y una ideas que tenemos, que están esperando el pistoletazo de salida para crear una gran historia.
Vuelve a los veranos de tu infancia, de tu adolescencia, en los que practicabas esta improductividad con alegría y sin culpa. La alegría del niño interior es lo que tu creatividad necesita para expandirse. Dale ese espacio y cosecharás los beneficios. Y sobre todo, descansa.
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