Este es uno de nuestros miedos más usuales como escritoras. No por ello deja de ser importante, pero sí que parece que cuando hablas con otras personas sobre este punto, eres capaz de relativizarlo por el simple hecho de que le ocurre al 100% de los escritores. Como te lo cuento. Nadie que se dedique a este arte se ha librado de la página en blanco y, además, es una cuestión habitual. Aún más si te dedicas a un género como el relato, en el que los escritos suelen ser breves y enseguida pasas al siguiente.
La página en blanco acarrea frustración la mayoría de veces. En el mejor de los casos, tenemos una idea, pero no sabemos por dónde empezar a desarrollarla. En el peor, quisiéramos tirar la pantalla del ordenador por la ventana. No se nos ocurre absolutamente nada.
Después de quedarnos con el bolígrafo en el aire o las manos en el teclado, finalmente escribimos alguna frase, unas pocas palabras que prenden la mecha que, a continuación, tacharemos o borraremos porque somos incapaces de seguir.
Empezar nos parece un esfuerzo titánico. Quisiéramos estrujarnos literalmente los sesos para extraer algo de provecho, algo que nos emocione, que nos impulse; a poder ser algo brillante, uno de esos inicios que se quedarán grabados en la historia de la literatura como: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”
Puede que el problema sea precisamente, que esperamos mucho de un inicio y de que nos salga a la primera. Queremos que sea algo tan sugerente y grandioso que no nos vale cualquier frase. Pero la escritura también es un acto de humildad y puede que la mayoría de tus frases y de tus inicios sean normales. Y eso no tiene que ser malo. Porque lo importante cuando estás ante una página vacía es que empieces por algún lado. El inicio perfecto puede venir de súbito, pero muchas veces hay que trabajarlo, e incluso mucho más tarde, cuando estás en plena corrección.
La terquedad por encontrar el inicio perfecto puede conducirte a la frustración inmediata y de ahí empezar a rodar cuesta abajo por el camino del desánimo y la desacreditación. Crees que por no haber conseguido un inicio potente ya no vas a poder escribir nada que merezca la pena.
Céntrate en lo importante: en escribir. Lo esencial es empezar ese poema, ese relato, esa novela. Las palabras no se graban a fuego, siempre podrás volver atrás y corregir lo que no te acabe de convencer. No permitas que el pequeño obstáculo de la página en blanco se convierta en un muro insalvable.
La página en blanco puede contener diferentes raíces como pueden ser el cansancio emocional o mental o la falta de concentración, la dispersión.
El primer caso muchas veces se debe a la imposición de nuestra productividad diaria que, además, no nos permite espacio para la introspección. Porque parar y respirar nos lleva automáticamente a una escucha interior. Y eso a veces no nos gusta, somos «demasiado» conscientes de nuestro ser, nuestros sentimientos y pensamientos más profundos. Pero es que ahí está la verdad de nuestro camino creativo, la verdad de la escritura.
Otra raíz es la falta de concentración llevada de la mano por la dispersión de no vivir en el momento presente, sino en las siguientes veinte tareas que tenemos por delante. Queremos abarcar tanto que olvidamos por completo donde estamos en el aquí y el ahora. Así que sentarte ante una página y ponerte todo tu foco en ese momento puede costar horrores.
A veces, esta situación se da porque hemos acabado un proyecto que nos ha requerido la inversión de mucha energía creativa, y enseguida queremos empezar el siguiente. Tal vez porque ya teníamos una idea previa, o porque consideramos que estamos en racha. No obstante, no ponemos ante la pantalla y ahí nos quedamos. ¿Se nos ha agotado la creatividad? En absoluto. Pero puede que estemos transitando por lo que yo llamo “el desierto”.
La creatividad es una fuente infinita en nosotras, pero, como todo lo que existe en la creación, está sujeta a ciclos. Si durante un prolongado período de tiempo hemos estado enfocadas en un proyecto creativo, sin preocuparnos por alimentar esa creatividad, sino que tan sólo hemos ido absorbiendo sus bendiciones hasta agotar la fuente, entonces lo que luego sucede es que llegamos a una etapa desértica.
Nuestra alma necesita descansar, nuestro cerebro necesita la inactividad como parte del proceso de curación. Y necesitamos, sobre todo, reabastecernos de creatividad. ¿Y cómo podemos hacerlo? Alimentándola con todo aquello que nos haga felices.
En El camino del artista, Julia Cameron propone algo maravilloso: las citas con el artista. Son citas que tenemos con nosotros mismos por lo menos una vez por semana, en las que nos dedicamos un tiempo para hacer todo aquello que nos dé plenitud y felicidad. Puede ser desde comprarnos dulces, a visitar una galería de arte, a crear algo con nuestras manos, pasear por el campo, escuchar música… La única condición es que hagas esas cosas tú solo. Es un tiempo exclusivamente para ti y lo que te haga feliz. Sí, hacerte feliz es llenar la fuente de la creatividad. ¿Acaso lo dudabas? Luego, prueba a ponerte otra vez delante de la página en blanco.
Cuando comprendes tus ciclos, la página en blanco se convierte en una oportunidad. Esto lo entienden bien las escritoras de brújula.
La próxima vez que te encuentres con ella, dale la vuelta a tu pensamiento y observa las posibilidades infinitas.