Se dice que la procrastinación es el hábito de postergar algo que requiere atención y acción, y priorizar, en cambio, otras cosas de menor importancia. Esta es una definición que he consolidado después de leer la que nos describe la RAE y algunas páginas de psicología. En muchas he leído que se asocia al trabajo o a una tarea y me gustaría aquí incluir más campos como un proyecto, una conversación, un encuentro o un compromiso.
La procrastinación puede tener distintas causas y prácticamente ninguna tiene que ver con la palabra más común que se asocia a este término por desconocimiento: pereza.
Creemos erróneamente que aplazar algo que no queremos hacer, que sabemos que tendremos que enfrentar en un momento u otro, es por simple dejadez, holgazanería o tedio. Pero vamos a ver qué esconde detrás.
Lo primero que debemos tener en cuenta es que esta situación es una evasión. Sabemos que debemos hacer una determinada tarea o enfrentarnos a una situación y, en vez de hacerlo de forma inmediata y directa, encontramos mil y una distracciones o tareas más sencillas que logran agotar el tiempo que teníamos previsto para esa acción. Con lo cual, acabamos sintiéndonos culpables por no haber aprovechado el momento y hacer lo que pretendíamos.
Evidentemente, esto nos ocurre a todas las personas de forma puntual, y más con todo aquello que realmente nos resulta tedioso o complicado. El problema viene cuando se vuelve algo recurrente.
En el caso de la escritura los motivos suelen tener una raíz profunda que tiene que ver con los miedos y las presiones que nos autoimponemos. La clave está en darnos cuenta de que estamos en un bucle de procrastinación y salir de él.
La búsqueda de la perfección juega en nuestra contra cuando sentimos la frustración de no poder alcanzarla. La autoexigencia puede causar un sentimiento de incompetencia que ayuda a evitar que se haga lo que nos habíamos propuesto. Evitamos la tarea porque no nos sentimos suficientes para realizarla. Como dijo Salvador Dalí: “No tengas miedo de la perfección, nunca la alcanzarás.”
El camino para luchar contra ello no es fácil, como tampoco imposible. Se trata de ir día a día, probándote a ti mismo que puedes enfrentarte a cada una de las tareas con la mayor predisposición y esfuerzo posibles, y tomando una acción cada vez que te haga sentir orgulloso. El intento, el esfuerzo y la acción serán tus recompensas por un trabajo bien hecho.
Has empezado una obra y en algún punto a mitad de camino descubres que no te motiva en absoluto. Y no se trata de no saber continuar, o de un bloqueo momentáneo. Detectas sin duda que se debe a la falta de ilusión, pero te has impuesto a ti misma continuarla porque lo consideras tu deber, porque se lo has dicho a todo el mundo, o porque eres de esas personas que se comprometen hasta el final.
Como resultado, cada vez que intentas ponerte a escribir, vas a buscar cualquier excusa para no hacerlo: desde ir a comprar la vela que dices siempre necesitas para inspirarte, como que la alineación de los astros no es la adecuada. Ya sabes por dónde voy.
La honestidad es tu mejor baza. Si un proyecto se te ha vuelto tan cuesta arriba que eres incapaz de retomarlo, apárcalo durante un tiempo. Deja que repose y que tus ideas se aclaren. Tal vez sólo necesitabas distancia, o puede que realmente quieras dejarlo guardado en el cajón. Es lo mismo que cuando empiezas a leer un libro y eres incapaz de conectar con la lectura. Puedes dejarlo, nadie te va a culpar por ello, así que no lo hagas tú tampoco. La vida es demasiado corta.
Estás saturada. La vida se te echa encima con sus mil responsabilidades. Hoy en día padecemos la ansiedad por la inmediatez: todo es urgente, es importante y debemos hacerlo en el menor tiempo posible. Todo para poder seguir haciendo más cosas y sentirnos productivos. Lo que lleva a que le dediques una cantidad determinada de tiempo que suele ser baja, sobre todo al principio de esta aventura. Esto no es malo en absoluto, siempre que tu ritmo sea regular.
El problema viene cuando se prioriza cualquier situación o circunstancia que merme ese tiempo que le dedicas a la escritura, hasta hacerlo desaparecer. Porque todo el mundo empieza con la escritura como una actividad de mero entretenimiento, también llamado hobby. Y si no te lo tomas en serio, todo lo demás pasará por delante. Así que, aquí la prioridad es la clave. Resérvate un tiempo diario o semanal para tu escritura, no importa si no es demasiado, lo importante es que no lo ocupes con cualquier otra cosa.
Has tenido el impulso de una nueva idea, de un nuevo proyecto creativo que te parecía magnífico en tu cabeza. No obstante, a la hora de abordarlo te has dado cuenta de que es una tarea titánica, o por lo menos, así te lo parece. Aquí lo que necesitas es parar un momento para elaborar un pequeño plan de asalto y hacerte algunas preguntas:
Podrías dar un paseo, por ejemplo. El paseo liberador es una de esas acciones ideales para la creatividad, puesto que no requiere de ninguna atención específica y tu hemisferio derecho puede vagar libremente en busca de ideas.
Esto no sería procrastinar, siempre que ese paseo te sirva para despejar tu mente y dejarla en libertad y creatividad. Sí lo sería si te has propuesto que el paseo de treinta minutos, se conviertan en dos horas porque has aprovechado para ir a comprarte una funda de móvil absolutamente necesaria, a una tienda que tienes en la otra punta de la ciudad.
Darte un momento de espacio y reflexión, y no presionarte con los tiempos productivos puede darte el impulso que necesitas para seguir adelante.
El miedo más usual en cualquier etapa de la escritura. Solemos tener miedo a no saber empezar, a no saber continuar, a no saber acabar, a acabar y mostrar tu trabajo después a gente de confianza, luego a mostrarlo ante extraños, y un largo etcétera que no parece acabar nunca.
Esos miedos están en nuestra mente, pues ninguno de ellos se ha llegado a concretar cuando nosotras ya estamos haciendo el recorrido completo hacia el final más estrepitoso. Anticipamos todo lo peor que puede suceder. Por ello, el paso más seguro es el que no das, el no comenzar nada. Si no empiezas, no hay fallo.
En realidad, si no empiezas, nunca sabrás a dónde te lleva el camino. Prever una hecatombe es la fuerza del ego imponiendo su autoridad. Es nuestra tarea domarlo y darnos permiso para cometer todos los errores que estén en nuestra mano, porque eso significa que lo hemos intentado. Porque muchas veces, solo a base de equivocaciones somos capaces de aprender y sobreponernos.
Siempre será mucho peor no haberlo intentado, que haberlo hecho y que no haya salido como esperábamos. Todo pasa por un ajuste de tus expectativas.
Ahora estás empezando tu camino, y vas a cometer fallos, es inevitable. Date el gusto de hacerlo. Sí, sí, el gusto de empezar de cero algo que hace un tiempo ni te habías planteado. ¿Sabes qué valiente es el acto de dar el primer paso? Porque una vez has empezado a recorrer el camino, ya sabes por dónde vas, pero el primer paso es un acto de fe.
Mi consejo es que relativices ese miedo. Sepárate de la idea de que todo se va a ir a pique en cuanto escribas las primeras palabras de tu proyecto.
Este miedo es un miedo profundo y arraigado, que seguramente ni siquiera saber que posees, porque solo puedes descubrirlo cuanto te pones a escribir. Y es que, como la escritura es un viaje de introspección, a veces no hay nada más abrumador que todas esas emociones y pensamientos que descubres que tienes y deseas expresar.
Sin embargo, el mismo acto de expresarlos despierta a tu censora interna de forma alarmante. ¿Cómo voy a escribir una novela erótica si soy una madre responsable? ¿Cómo voy a hablar de un asesinato macabro, si yo siempre he sido una persona pacífica?
El paso empieza con tratarte con compasión y sin juicio. Lo que escribes no es una realidad. No porque escribas con oscuridad significa que tienes un alma oscura, en realidad es todo lo contrario. Expresar lo que llevas es un acto de sanación, de liberación y de creatividad.
Todos los escritores poseen una parte oscura, porque todos los seres humanos la tenemos. Pero liberarla no significa hacerla real, sino extraerla para que vea la luz. Y piensa, cuánto de ese juicio que te autoimpones no viene definido por tu cultura, tu religión, las normas sociales, tu familia, en definitiva, ¿por todo lo que te rodea y lo que tu mente ha absorbido?
Escribir, muchas veces, significa redefinir las normas e incluso ir a contracorriente. Piensa en cuántas escritoras a lo largo de la historia han sido censuradas por motivos que, a día de hoy, nos parecen absurdos.
Así que empieza por abrir las compuertas de tu creatividad, sin límites. Ya tendrás tiempo de pulir y adaptar tus escritos a tu estilo y tu forma de ser. Siempre habrá tiempo para corregir o recortar… solo si tú quieres.
Estás embarcándote en una aventura creativa con la misión de darle satisfacción a tu alma, de sacar todo lo que llevas dentro y está deseando ver la luz. Céntrate en el aquí y el ahora.
Y todo lo que venga después que sea bienvenido.