Cuando empezamos a escribir lo hacemos desde el juego y la diversión; un ratito de vez en cuando, sobre todo cuando las musas llaman a nuestra puerta. Como es algo que estamos descubriendo, no hay ninguna presión al respecto y lo hacemos cuando nos place.
Eso no quita que esos momentos de inspiración se acaben convirtiéndose en horas, cuando habíamos pensado que sólo le dedicaríamos un rato libre, algunos minutos muertos. En esa dilatación del tiempo es cuando apreciamos la alegría y la realización al abocarnos a nuestro arte.
En nuestras palabras hallamos nuestro yo más profundo, le damos alas a la creatividad y a la expresión de nuestras emociones y sentimientos de forma auténtica. Y un buen día, esos destellos empiezan a convertirse en una idea fija de que es algo a lo que queremos dedicar más de nuestro precioso tiempo (en el sentido etimológico de la palabra: algo de gran valor).
Aun así, estamos explorando nuestra faceta artística. En mi caso, descubrí lo caprichosa e indisciplinada que era, pero no me importaba en absoluto en su momento. Me dejé llevar. Estaba dando rienda suelta a toda mi creatividad exponencial, sin pensar en las consecuencias de mis actos. Y estuvo muy bien, fue muy buen aprendizaje.
El punto de inflexión llegó cuando decidí que deseaba crear un proyecto con punto y final, e incluso un proyecto que pudiese publicar más tarde. Aquí me vi confrontada a la idea de crear un hábito sostenible en el tiempo.
Yo que era tan caótica a la hora de escribir, ¿cómo iba a someterme a una rutina espartana de escribir a diario? ¿Con un látigo en la mano? No lo hice. En vez de obligarme a escribir a diario un número de palabras, o fijarme unas metas que me parecían un infierno, empecé a experimentar con la prueba y error de mi propio proceso creativo.
Decidí establecer un pequeño ritual antes de ponerme a escribir, como una horchata (mis grandes proyectos los suelo escribir en verano). Busqué mi detonante favorito, la música. Y probé varios métodos productivos de escritura, e incluso me empapé de blog y vídeos de Youtube con ellos. Probé y ajusté a mi ritmo de escritura, a mi estilo y a mis ambiciones.
Al final, como todo, no es una lucha de poder a base de voluntad, sino de ir conociéndote en tu proceso creativo y de escritura, para dar con la fórmula que mejor se ajuste a tu persona. Sin presión, probando paso a paso, sin culpabilizarte ni avergonzarte por no poder ser tan productiva como otras escritoras, de no hacerlo igual, de no ser capaz de escribir cada día.
Eres única, con tu personalidad, tus circunstancias de vida y tu proceso creativo. Como tal, debes averiguar qué es lo mejor para ti, sin comparaciones. Se trata de llegar lejos en esta carrera de fondo, con el autoconocimiento por bandera. Vencer esa resistencia empezará por la curiosidad de conocer tu faceta creativa y no juzgarla. Pon cimientos en tu hábito y ve escalando metas día a día, hábito por hábito, hasta que seas capaz de crear tu propia rutina de escritura.
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