El tiempo no existe. Es una ilusión de este mundo. Puedes o no estar de acuerdo con esta afirmación, pero así es como nos sentimos cuando nos iniciamos en el camino de la escritura.
El día en que decidimos probar a garabatear unos versos o unas frases sueltas, en ese justo momento, nos olvidamos por completo del tiempo. Nadie mira su reloj y se plantea que debe escribir un párrafo en quince minutos. Cuando la creatividad toma las riendas, el tiempo tal y como lo pensamos, se esfuma. De hecho, ¿cuántas veces podemos decir que se nos ha pasado el tiempo volando? Y en ningún caso, jamás, nos sentimos culpables por ello.
Así actúa el alma en creatividad libre. Se aboca sin el tic tac de un reloj a lo que realmente desea hacer. Al acabar, sentimos paz interior. Incluso aunque volcarnos sobre el papel haya supuesto abrir una herida, o cuando directamente lo hemos hecho debido a ella. El resultado es el mismo. El acto de escribir nos libera y nos calma. Por eso es una de las adicciones más fuertes que existen. Por eso… quien empieza este camino, no puede dejarlo.
Sin embargo, cuando estamos en una etapa en la que ya decidimos que queremos escribir «de verdad», con un proyecto en mente, se giran las tornas y nos encontramos a ciento ochenta grados del punto de partida. Tenemos la necesidad imperiosa de acabar lo que hemos planificado en nuestra mente en el menor tiempo posible. Y esto se debe a que somos adultos con una alta autoexigencia productiva, por un lado, y a que creemos que podemos manejar los tiempos creativos como manejamos nuestras tareas diarias.
Entonces, nos ponemos frente a la pantalla, o con un bolígrafo en la mano y la página en blanco se vuelve más blanca que nunca. Nos quedamos bloqueados. Y cuando eso dura más de lo que creemos que es lógico y correcto, nos frustramos. Y acabamos dejándolo.
Entramos en la escritura sin paciencia, con exigencia y sin comprensión. Y, sobre todo, con un ego que nos impone su yugo. Pues déjame decirte que la escritura va a poner a prueba y a minar todas y cada una de tus concepciones previas, de tus prejuicios, y de rasgos de tu carácter. Va a darte lecciones de humildad y de paciencia a raudales.
Tú no puedes dominar los tiempos de la creatividad con un látigo, en absoluto. Lo que sí puedes hacer es aprender a crear unos hábitos y una rutina que, por un lado, dejen al ego sentado un ratito sin hacer ruido, y por el otro, pongan la creatividad a tu servicio.
¿No es mejor que tus dedos fluyan con un trabajo constante, en vez de esperar la inspiración divina?
Esa inspiración, esas chispas, las recibimos en los momentos que menos esperamos, cuando nuestras tareas rutinarias dejan volar libremente a la creatividad. Y aquí tenemos de nuevo el mismo concepto. La creatividad necesita ser libre y no se ciñe a tiempos.
Entonces ¿cómo utilizar el tiempo a tu favor? Con el hábito, con tu cita con la escritura. Sin ponerte fechas límite. Cuando estás empezando a escribir, nadie te viene con un plazo de entrega. Aprovecha tus inicios para estudiarte, conocer tu proceso creativo, experimenta con tus propios tiempos y límites (¿cuánto puedes escribir en una sola tanda sin agotarte?), y crea una rutina.
A partir de ahí, desde esa autoexploración tan necesaria, con un conocimiento ya sobre la experimentación, entonces y sólo entonces, márcate pequeños retos o metas. Tal vez escribir una página diaria, o dos.
Establece tus tiempos con consciencia y compasión. Respeta tu productividad, así como tus descansos. Y sobre todo, disfruta del momento, disfruta siempre de la escritura.