Es liberador llegar a la edad adulta y sentir que puedes pensar por ti misma, que la que toma las riendas de su vida y de su escritura eres tú.
La familia, la sociedad, tu cultura, se han posicionado siempre para dar los valores que ha considerado correctos desde su punto de vista, pero con unos sesgos muy definidos y con una mirada estrecha que, en muchas ocasiones, poco o nada tienen que ver con tu propia visión, emoción y experiencia de vida.
Lo que sirve a mucha gente ni es necesariamente lo mejor, ni tiene por qué servirte a ti. Yo descubrí con veintiocho años que ni me amoldaba a las reglas sociales, ni tenía ganas de hacerlo. De hecho, cuanto más me he permitido ser yo, indagar en el conocimiento sobre mí misma, y alejarme de las convenciones sociales, más auténtica y libre he sido.
Nadie puede tener la experiencia de tu vida más que tú. Por lo tanto, todo lo que te digan desde fuera no es más que un punto de vista. Tú debes decidir qué parte de toda esa información que te han inculcado desde pequeña quieres llevar, adoptar o utilizar en tu vida adulta.
Un gran paso para mí fue reconocer que, aunque la experiencia sea un grado, nadie puede tener una verdad mayor que la que puedo descubrir por mí misma. Nadie puede vivir mi vida más que yo.
El acto más revolucionario que puedes hacer es decidir ser consciente de cada parte de ti y tomar acción desde ese conocimiento pleno. Tú eres la única dueña de tus emociones, de tus pensamientos, de tus palabras y de tus acciones. Y, por supuesto, de tu escritura.
Esa misma consciencia al aplicarla en escritura, convierte el camino en una aventura. Aunque estudies unas bases fundamentales, tuya es la decisión de experimentar, seguir o romper las reglas.
Por ejemplo, la mayoría de escuelas de escritura te enseñan a ser una escritora de mapa, con una planificación perfecta. Pero yo me di cuenta de que era una escritora de brújula en cuanto empecé a “planificar” mi primera novela. Notaba una resistencia impresionante cada vez que intentaba trazar una estructura de escenas. Sabía intuitivamente e incluso antes de escuchar el término brújula, que ese método iba en contra de mi escritora interna.
Y descubrí algo terrible y fascinante a la vez: que si preveía un final, ya no querría escribir la novela.
Pero también otras cosas increíbles, como que dejar fluir a tus personajes, que actúen como necesitan, es darles el arco de evolución perfecto, de forma orgánica.
Conocer las bases en escritura es cimentar tus conocimientos desde el principio, y es esencial, pero recuerda que el acto de escribir es un acto creativo, y que la creatividad te puede llevar por caminos insospechados. Sigue la flecha de tu intuición creativa. Ya seas de mapa o de brújula, sé consciente de que las decisiones en tu escritura siempre las tomas tú.
Romper las reglas, en realidad, es un acto de regreso a ti. Es atreverte a escuchar esa voz interna que durante años quedó sepultada bajo expectativas ajenas, normas heredadas y miedos que ni siquiera eran tuyos. Cuando decides cuestionar lo establecido, eres coherente contigo. Es un gesto de amor propio: elegir lo que te sostiene, soltar lo que te limita y permitir que tu escritura (y tu vida) respiren desde un lugar más honesto. En ese espacio íntimo donde te das permiso para explorar, equivocarte y reinventarte, descubres que la verdadera maestría no está en seguir reglas al pie de la letra, sino en saber cuándo romperlas para abrir un camino creativo que solo tú puedes transitar.
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